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El fuego y el eco

A veces en el camino de la conciencia, creemos que el fuego interior debe ser visible.

Pero hay fuegos que solo se sostienen en el silencio…

 

El fuego interno no busca ser admirado.

Busca ser escuchado.

Ser escuchado por tu esencia, en tu presente.

En su reflejo no hay narcisismo,

Hay presencia, confianza y amor al Espíritu que nos habita.

 

No toda llama está llamada a expandirse.

Escucha el buen aire que puede hacerlo.

Y si ese aire procede de lo mejor de tu esencia, mantendrá siempre esa llama.

Es que tu llama esencial divina siempre está.!

Podés apreciarla?

 

Somos animados por el Espíritu, fuente divina de creación.

A veces, el fuego no se expande,

no ilumina ni calienta hacia afuera.

Solo arde, silencioso, en algún rincón del pecho.

 

Y cuando hacemos silencio,

escuchamos su chispear,

sentimos su calidez.

Está allí — siempre presente. Vivo.

 

Espera que le quites el peso del control,

que dejes de hacer fuerza en el soplido,

que confíes en su ritmo y en su manera.

 

El fuego interno no siempre busca ser visible,

y no por eso es incierto o inexistente.

A veces su tarea es sostenerse desde adentro,

manteniendo viva la chispa cuando todo parece tibio.

 

No se trata de hacerlo brillar más,

sino de dejar que nos habite.

Escucharlo sin exigirle forma,

hasta que, por sí solo, encuentre su danza.

 

**Te comparto un cuento anónimo al que le  he realizado algunas modificaciones para acompañar desde mi visión y experiencia, integrando la mirada del fuego interno  confiando en el Espíritu.

 

Había una vez un fuego que no quería arder.

Vivía guardado dentro de una mujer que lo sentía respirar,

pero no lo veía crecer.

 

“¿Por qué no salís?”, le preguntaba.

Y el fuego, en su lengua de brasas, respondía:

“Porque aún no encontraste el aire que me corresponde.”

 

Entonces la mujer se sentó en silencio.

Dejó de soplar, dejó de apurar.

Durante muchas lunas escuchó su propio corazón

ese ritmo lento que parecía vacío

 

Hasta que un día comprendió

que el fuego no necesitaba más fuerza,

sino espacio.

 

Salió a caminar al amanecer,

y en el reflejo del río vio otra mirada.

No era alguien externo: era ella misma,

pero más honda, más quieta, más viva.

 

Cuando sus ojos se encontraron,

el fuego se encendió.

No con ruido, sino con un brillo suave,

como si dos almas, la humana y la divina se abrazaran adentro del mismo pecho.

 

Desde entonces, no volvió a buscar su llama:

la dejó ser, y se dispuso a escucharla y sentir su calidez.

El Eco du su propia Esencia

Y el fuego —al fin— empezó a expandirse,

no para iluminar al mundo,

sino para unirlo desde dentro.

 

Para vos que leés 🌿

Quizás también sentís ese fuego adentro, esperando su aire.

No lo apures.

Escuchalo.

Dale espacio.

Que tu fuego encuentre su aire,

Y tu alma, su reflejo más verdadero.

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